Narrativa de los días

Problemas de actualidad, crítica razonada sin pretensiones de nada, sólo rigor ciudadano.

jueves, octubre 26, 2006

BITACORA DE VIAJE - Red de Comunicación Ciudadana

Taminango – San Lorenzo, 22 a 24 de septiembre

Como ya lo he comprobado antes de cada viaje, un extraño efecto de lucidez mental dirige cada movimiento, las voces de la dispersión numérica que habitan caracol auditivo adentro son acalladas mientras se define cuál será cada elemento necesario para el viaje, partiendo de lo indispensable como herramienta de trabajo al detalle de la crema de dientes y el cepillo (en otro tiempo, en otras vías, la mochila era el mundo todo, cada elemento había sido escogido con cuidado y tenía su lugar en la marcha bajo la lluvia que empezó a caer mientras todo se ordenaba, y se había vuelto diluvio mientras se hacía cuidado tan minucioso, como si Mambrú fuera a una guerra, y al salir, una descarga de agua lo recibiera). Con la tranquilidad del orden bien planeado, las pastillas para la acidez en su sitio y los formatos de cesión de derechos impresos, puedo dar lugar al sueño… demasiado, faltan quince minutos para la hora de encuentro acordada y recién estoy en la ducha, pero bajo el orden de quien se ha dispuesto a dejarse llevar por los caminos, estar listo es una acción refleja, subo corriendo las escaleras que llevan a la casa de Karol y estoy ahí justo cuando llega el taxi que ha llamado para irse sin mí (estas gradas de cemento… una vez por ahí le seguí la pista a goterones de sangre de alguien con paso herido, la mancha inicial salía de una casa y le daba la vuelta a la manzana, sin propósito regada, llovió por días y no hubo aguacero que la lavara). Todo se vuelve muy rápido en la ciudad nocturna, bajamos los equipos, los cargamos de nuevo en el terminal, donde Mábel espera hace rato, no te das cuenta en qué momento y ya amanece, la rogativa de las aves al cielo se junta a la de mis labios quietos: señor, renueva tus cuidados, tráeme de vuelta. Nos perforan las boletas y me pregunto dónde van a pasar la película… en las ventanas laterales el territorio en su grandeza, al otro lado del cañón del río, hacia el occidente sobre una breve raya transitan carros de juguete, ¿con personas de mentiras, de alfeñique, de alfandoque, con ojitos de uvas pasas? Trato de ponerme en su lugar, llamo al acomodador del cine y me dice que el tiquete sólo vale para una función y no puedo pasarme a la otra película: lo soborno con un truco que nunca falla, digo que en el retén de la policía de carreteras me voy a quejar de exceso de velocidad y malos olores, me devuelven el importe de la boleta en seguida, con lo que ya puedo pasarme al otro lado: ahh, ya te decía, los que son de juguete son los carros que se ven por la raya de asfalto del otro lado, mira no más que haber gente allí todavía haciendo la película con cámara en mano, enfocando a la protagonista de una historia sobre el descubrimiento de la vida comunitaria, globos de pensamientos le surgen de la mente y dicen: ¿qué iré a encontrar a Taminango? ¿Dónde estarán las fuentes de la noticia que no es noticia, sino vida, simple vida? Reconozco al personaje, se parece mucho a Karol, la amiga por la que corrí esta mañana escaleras arriba, pero no entiendo qué hace ahí en ese bus de mentiras, en el lado de la dimensión desconocida… desde aquí todo es muy cierto, el paisaje es un encadenamiento firme de montañas, abajo hacia el oriente la pista del aeropuerto, más allá el cerro en forma de sombrero que corona una pluma de antena, no sé por qué lo reconozco como el cerro tutelar que abriga a San Lorenzo si aún no estoy allí, atrás el volcán Doña Juana, y al otro lado, al occidente el lomo de la cordillera, una variante en realidad, el Alto donde hace tiempo mi mamá subía a traer leña para el fogón “cuando era joven y alentada, que nada nos cansaba, subíamos como si fuera un juego, y arriba nos hallamos la mirada atenta de un venado, antes de que saliera corriendo”. A pesar de la contundencia del camino, el carro huele a gasolina y el efecto es desconcertante, dudo de estar al fin en el lado correcto de la realidad (anotación al glosario: mareo, palabra de raíz latina y marítima, no sé si en la época medieval la gente se mareaba al viajar en coches, pero en carro es una verdad sinuosa). Bien, llegada al Tambo sin ser peregrino en fiestas, población de la cultura del maíz, andina, fiquera, no aquí, pero en sus zonas más calientes sembrada de caña panelera, después del desayuno voy a hacer registro en el lugar de orgullo que define la cultura tambeña, el santuario del Señor de los Milagros, donde la gente entra de paso a saludar, a inclinarse en oración, llevan a los niños quienes pronto descubren que la iglesia puede ser el mejor lugar de juegos, mientras los adultos dan la espalda. Ante el efecto sufriente y la profunda mirada del Cristo en su altar, la introspección de mirarlo a través del visor de la cámara me lleva a otro escenario, el de la película que abandoné en la carretera, lo que veo es un colegio con sus estudiantes uniformados, bajo el sol que vuelve amarillas algunas zonas de la pantalla LCD, han ubicado los sitios de sombra al resguardo de los árboles para hacer sus tareas inclinados sobre los cuadernos, en la biblioteca solicitan libros, y de pronto me encuentro ante el rector de la institución que cuenta cuál es la búsqueda pedagógica con relación a la emisora estudiantil que transmite música y contenidos para el casco urbano, y qué sorpresa… Karol se ha vuelto aquí la entrevistadora, hace preguntas y toma apuntes, luego se dirige a un rincón de corredor transformado en emisora, con equipos simples pero funcionales, un computador para programar, una consola, y otros elementos ordenados de cualquier modo en las paredes, a veces los procesos culturales más valiosos se esconden bajo apariencias engañosas. Cuando recuerdo, tengo una cámara encima en picado viéndome como una tercera persona, así es mucho de lo que sigue en esta película que creía haber abandonado, de modo que no la puedo distinguir del recuerdo simple, supongo que lo es cuando siento el sabor de una cerveza refrescante acompañando el exigente camino de subida a un punto donde se logra una vista panorámica del pueblo recogido en caracol. Ahí nos rodean los niños curiosos de saber qué hacemos, niños salidos de las casitas que se pegan a la loma, junto a perros flacos y una cabra, único animal que aprovecha las hierbas inútiles del lugar, no aptas para ningún otro ser vivo, la tierra amarilla erosionada da la medida de la vida ahí. En la tarde todo fue esperar al campero contratado para llevarnos a San Lorenzo, al llamarlo el tipo dice que ya salió, luego que está varado, después se trata de una llanta, y cuando ya es de noche aparece tan tranquilo, todo indica que estaba haciéndose unas carreritas para redondear el día, no tiene por qué importarle que la película se haya detenido en el aburrimiento de un andén. Al tomar la carretera a través de la neblina y la lluvia, me arrullan los desvaríos líricos del par de cantantes que llevo al lado, y junto al olor a gasolina logran doblarme en el asiento, en estado anémico, si nos despeñamos no es asunto mío. Esta película es así, cuando menos pienso me la cambian… es de día y la realidad es un salón parroquial en El Tambo donde se desarrolla el encuentro dirigido por la compañera Amanda, la gente trabaja en los pliegos de papel definiendo los actores y circuitos locales de comunicación, pronto es hora de almuerzo, cuando regresamos al salón la sorpresa es que muchos se han ido y eso me preocupa, pero bien, hay que seguir con los que quedan, el relato aportado por el mayor del grupo es una anécdota simple: cuando era joven participaba en las murgas que se organizaban para toda ocasión de jolgorio, los habían invitado a amenizar el matrimonio de su hermano en la vereda, pero como en ese entonces era medio arrebatado, por andar saltando como cabra terminó rompiendo la guitarra y casi pone en peligro el baile, tuvieron que componerla como pudieron para rasgarle las notas, al fin hubo baile, comilona de pelo y pluma, los novios vivieron felices y comieron perdices. Se acaba así el encuentro, con la motivación final para asistir con todo el empeño en los que siguen para el fortalecimiento de la comunicación, de la cantidad de gente que había, queda un núcleo de colectivo que se ha mantenido atento, gente con la que creo se puede contar en las etapas a seguir. La pregunta es cómo lograr que las historias particulares, que en el oficio llamamos hecho simple o acontecimiento, se conviertan en reflejo de cultura, al ser enlazadas con otros aspectos de ésta y elaboradas de modo complejo. Nos dirigimos de vuelta a Pasto y lo que antes era paisaje despejado ahora está cerrado por el clima, me pregunto qué está sucediendo en la película del otro lado, al pie del cerro en forma de sombrero, o campana, San Lorenzo de las empedradas calles: en una venta manchega que se me antoja ser castillo, de tapia pisada blanqueada a cal, cubierta de teja, con una torre almenada en la esquina, donde el castellano pasa noches de delirio bajo el tormento de fiebres venéreas, nos atiende la esposa y sus criadas, quienes nos arreglan un aposento de piso en madera, blandas camas acogen nuestro sueño. Salida a La Laguna en la mañana: desde un sitio alto de la carretera se divisa el pueblo todo, pasando el Juanambú la meseta del aeropuerto y más allá las montañas de El Tambo, llegados a La Laguna y después de saludar a la gente, nos regalan con un desayuno bien reforzado que al fin será la energía de toda la jornada, lo devoro en minuto y medio; sigue la grabaciones de las danzas, del proceso del folclor que busca enfocar la vida de los jóvenes y el sentido de pertenencia comunitaria, luego las entrevistas donde la gente cuenta cómo fue su proceso de organización, la trayectoria que llevan y los logros alcanzados, en seguida vamos a conocer algunos de éstos, granjas ecológicas donde cada cáscara de plátano es aprovechada, la huerta provee los alimentos indispensables para la familia, de modo que el ingreso gastado en el mercado tiende a complementar y enriquecer la dieta, no es una carga impositiva, ya la pregunta no es cómo hacer rendir la plata para todo, sino qué productos faltan en la huerta… mientras la cámara hace las tomas en una de estas casas campesinas, me dedico a jugar con un cachorro y un niño que le da trozos de plátano a una cabra, que de vez en cuando cornea al perro, son un circo ese par. Asistimos a una representación teatral hecha con la candidez de lo experimental, con niños actores que se olvidan el parlamento y es como otro juego, o una fábula con animalitos que hablan, pican, vuelan y saltan. Al final, la comunidad toda, niños y adultos a la cámara, nos vamos a descansar a la venta manchega para entrevistar el domingo a don Eduardo, de la emisora comunitaria, todo un personaje, me queda sonando algo que ha dicho ante cámaras y le indago un poco más luego, le digo: es sorprendente cómo una historia que yo venía siguiendo en documentos ahora se me aparece tangible ante mí, la memoria viva, el papel en realidad es sólo una huella dejada por la gente, una foto tomada a su experiencia vital. El desenlace de la película se precipita: a bordo de un bus de servicio público, los participantes descienden el cañón del Juanambú por un rastro de vía que, desde el aire, la gente de los aviones que aterrizan en la pista inmediata deben ver como una cosa de locos atreverse a transitar, y estamos aquí de acuerdo: el equipo de la Red de Comunicación Ciudadana irá donde las águilas se atreven, con tal de descubrir las historias de vida comunitaria, seremos locos, necios e insensatos, pero seremos… siendo.

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